COLUMNA DE:
Miguel Ordinola

Miguel Ordinola

17 diciembre 2019 | 09:24 am Por: Miguel Ordinola

Agricultura Climáticamente Inteligente y Pequeños Productores

Agricultura Climáticamente Inteligente y Pequeños Productores
Diversos estudios recientes mencionan que las tendencias y patrones de consumo y producción de alimentos son unas de las causas principales de presión sobre el medioambiente. Se indica que para lograr un desarrollo sostenible, es indispensable que existan cambios fundamentales en la manera en que se producen, procesan, transportan y consumen los alimentos. Por su lado, en las diferentes discusiones realizadas en el marco de la COP25 se enfatizó en las consecuencias que tiene el cambio climático sobre la disponibilidad de alimentos.

Muchas veces se repite que la agricultura y los cambios del uso de la tierra aportan 25% de las emisiones de gases de efecto invernadero que producen retención térmica. En este contexto, se indica que se necesita con urgencia una agricultura climáticamente inteligente que se oriente a: mayor productividad agrícola, mayor resiliencia al cambio climático y menor volumen de emisiones de gases de efecto invernadero. Uno de los factores que se requiere es un compromiso internacional y nacional, para sostener una labor de investigación agrícola climáticamente inteligente y plantear soluciones de base científica.

En este marco, las miradas se dirigen a América Latina y de manera particular a la zona andina, que es centro de origen de cultivos importantes para la alimentación humana, donde muchos de ellos son conducidos por pequeños agricultores familiares dentro de sistemas de producción diversificados. Al ser centro de origen, la agrobiodiversidad que existe en la región ofrece gran potencial para mejorar la resiliencia al cambio climático y desarrollar oportunidades comerciales.

En el Perú, existe un conjunto diverso y cada vez mayor de prácticas que indican que puede ser posible lograr en forma simultánea una mayor productividad agrícola, una mayor resiliencia al clima y un menor nivel de emisiones. Entre ellas se pueden mencionar los siguientes ejemplos para algunas actividades productivas de la sierra: papa (recuperación de prácticas ancestrales de producción, uso eficiente de fertilizantes, variedades resistentes a plagas y enfermedades), maíz (construcción de terrazas y muros, cultivos intercalados, manejo eficiente del agua), ganadería (manejo de la capacidad de carga animal, sistemas silvopastoriles). Lo interesante es que muchas de estas acciones ya se vienen realizando (inclusive desde hace muchos años) y lo que se debe hacer es promover una escala adecuada para generar impacto y ponerlas en valor.

Para que todas estas ideas se puedan plasmar en alternativas concretas hay que tener en cuenta por lo menos lo siguiente: i) los potenciales proyectos planteados para poder implementarse necesitan inversión (esto implica que se deben realizar rigurosos análisis de oportunidades de inversión y rentabilidad) y asegurar que favorezcan realmente a los más vulnerables (la pregunta es quien debe realizarla y a una escala que realmente genere impacto); ii) reconocer la heterogeneidad de los agricultores y su contexto, considerando la importancia de un enfoque multisectorial y asimismo, la estacionalidad a la que está sujeta la producción agrícola en estas zonas (este es un tema poco discutido); iii) al realizar estas intervenciones lo que se está haciendo realmente es generar nuevos productos o revalorizar los ya existentes (por ejemplo, los provenientes de la agrobiodiversidad) y esto debería reflejarse en precios de mercado atractivos, lo cual no necesariamente ocurre al no existir modelos de negocios concretos y desarrollados (por ejemplo, los pagos por servicios como el almacenamiento de carbono, la estabilización del suelo o la mejora de la calidad del agua en algunas experiencias no reflejan plenamente su valor social, lo que podría implicar la intervención del Estado en estos mercados pero en asocio con el sector privado); iv) los consumidores finales deberían estar dispuestos adquirir estos productos a precios de mercado, que reconozcan su elevada calidad en base a prácticas sostenibles e inclusivas (para esto hay que asegurarse que se cuente con toda la información que fomente su consumo a través de campañas de promoción y mercadeo globales basadas en un concepto de diferenciación por calidad y exclusividad).

En todas las experiencias promovidas hay que asegurar que la denominada agricultura climáticamente inteligente sea realmente rentable (en términos económicos y sociales) para el pequeño productor y de esta manera se pueda contribuir realmente a enfrentar los grandes retos de la alimentación futura de manera sostenible ambientalmente.