COLUMNA DE:
Tony Salas

Tony Salas

MS, MBA, PhD - Consultor internacional en agronegocios, innovación y sostenibilidad, con más de 500 proyectos en agroindustria, energía renovable e inversiones de impacto en más de 30 países. Ha asesorado transacciones en agro por cerca de USD 1,000 millones. Conduce el podcast “El Agronauta”. Fundador y Presidente de ACM Consulting.
22 junio 2026 | 09:23 am Por: Tony Salas

Historias del Agronauta: Cuatro lecciones desde el IFAMA 2026 en Irlanda para un Perú que todavía no se la cree

Historias del Agronauta: Cuatro lecciones desde el IFAMA 2026 en Irlanda para un Perú que todavía no se la cree

Cork recibió a este Agronauta con lluvia. Nada extraordinario: en Irlanda la lluvia no es un fenómeno meteorológico, es un rasgo de personalidad.

Había viajado para participar como panelista en IFAMA 2026, la reunión anual donde académicos, empresarios, inversionistas y soñadores del agro mundial se juntan a discutir el futuro de la alimentación. Una especie de Davos agrícola, pero con menos corbatas, más botas y bastante mejor whisky. Además, tenía una misión especial: convencer al mundo de que el próximo año nos veremos en Perú, sede de IFAMA 2027.

No es poca cosa. Porque traer IFAMA al Perú equivale a decirle al mundo: "Sí, además de Machu Picchu y la gastronomía, también sabemos producir alimentos para más de cien países". Y eso, aunque a veces nosotros mismos lo olvidemos, es una verdad extraordinaria.

Pero vayamos a Irlanda que aquí les cuento lo que aprendí. Esa isla chiquita que exporta alimentos al mundo entero – más de $20 billones a 180 destinos. Nosotros con mejores climas, mayor biodiversidad y probablemente agricultores más creativos, seguimos discutiendo si el agro es moderno o atrasado, si exportar es bueno o malo, o si el empresario agrícola es héroe o villano.

En la casi bicentenaria Universidad de Cork (UCC), durante varios días, especialistas sectoriales de más de 40 países discutimos bajo un lema que parecía resumir el espíritu de esta época: Rooted in Resilience. En español: arraigados en la resiliencia. Y esa palabra —resiliencia— apareció una y otra vez. Porque el agro mundial está cambiando.

Primera lección: el futuro pertenece a los que sepan diferenciarse.

Durante décadas se asumió que la población crecería indefinidamente y que la demanda de alimentos acompañaría ese crecimiento. Hoy esa idea ya no es una certeza. El mundo envejece, las tasas de natalidad disminuyen y la competencia se desplaza desde el volumen hacia la diferenciación.

Para el Perú esta no es una mala noticia. porque nosotros nunca seremos Brasil en soya ni Estados Unidos en maíz. Pero sí podemos ser extraordinarios en aquello que ya sabemos hacer: uva de mesa, arándanos, paltas, cítricos, cacao fino, cafés especiales y una larga lista de productos donde la calidad vale más que la escala.

El futuro no parece pertenecer a quien produzca más toneladas, sino a quien produzca mejor, más consistente y más cerca de las preferencias del consumidor. El futuro parece favorecer a quienes logren diferenciarse.

Segunda lección: la sostenibilidad ha muerto. Larga vida a la resiliencia.

Durante años hablamos de ESG, carbono y agricultura verde. Pero en IFAMA se percibía un cambio de lenguaje. Hoy las empresas hablan menos de sostenibilidad y más de resiliencia.

No se asusten. No quiero decir que el medio ambiente haya dejado de importar. Lo que ha cambiado es la conversación. Porque el cambio climático ya no es una amenaza futura. Es una factura que llega todos los años. La pregunta es: ¿Quién podrá seguir produciendo cuando el clima, la política o los mercados se vuelvan locos?

La sostenibilidad ya no es un destino moral. Es una estrategia de supervivencia. Y si bien, curiosamente, los agricultores peruanos tienen un doctorado no reconocido en esa materia, habiendo construido una potencia agroexportadora en medio de crisis políticas permanentes, escasez hídrica, conflictos sociales y regulaciones diseñadas por políticos que jamás han pisado un campo, creo que el Perú tiene una enorme tarea pendiente.

Nuestra agroexportación ha sido extraordinariamente exitosa, pero continúa dependiendo de proyectos que han habilitado tierras en zonas con escasas fuentes de agua y una infraestructura todavía frágil. Resiliencia significa diversificar territorios, invertir en agua, ciencia y logística. Significa prepararse para el próximo shock, no para el último.

Tercera lección: la Inteligencia Artificial no salvará al agro.

Mientras el mundo habla obsesivamente de inteligencia artificial, los datos mostrados en IFAMA revelaban una realidad más modesta: la mayoría de los proyectos de IA no genera los resultados esperados. No porque la tecnología falle. Sino porque las organizaciones todavía no saben cómo utilizarla.

Esto me recordó algo que he visto repetidamente en el Perú. La tecnología rara vez fracasa por razones tecnológicas. Fracasa porque muchas veces no existe una pregunta clara que resolver. En la mayoría de los casos he observado que el agricultor no necesita más dashboards. Necesita mejores decisiones. No necesita más información. Necesita más criterio.

Y eso nos lleva a una de las ideas más poderosas que escuché en Irlanda. Estamos dejando atrás la economía de la información para entrar en la economía del juicio. Hace veinte años el poder estaba en quien tenía acceso a los datos. Hoy todos tenemos datos. Mañana, la diferencia estará en quién sabe interpretarlos y a actuar en consecuencia.

En quién hace la pregunta correcta, porque la calidad de las respuestas depende, inevitablemente, de la calidad de las preguntas. En quién distingue la moda de la tendencia. En quién tiene el criterio para decidir. En otras palabras: el activo más valioso del agro seguirá siendo profundamente humano – acá aprovecho recomendar la lectura del libro de mi amigo Alex Meier: “The Wrong Question”.

En conclusión, la IA no reemplazará al agricultor, pero es una herramienta potente que tenemos que aprender a usar. Eso sí, probablemente reemplace a quienes hablan mucho y piensan poco. Y eso pone nerviosa a bastante gente.

Cuarta lección: Irlanda cree en su agro. El Perú todavía no se la cree.

Esta fue quizá mi reflexión más personal. Irlanda es un país pequeño, pero jamás ha dudado de la importancia estratégica de su agricultura. Construyó marcas globales con una narrativa nacional alrededor de sus productores, instituciones sólidas de investigación y un sistema de extensión agrícola y ganadero que acompaña al productor desde la ciencia hasta el mercado.

Los irlandeses no se avergüenzan de ser un país agropecuario y rural. Al contrario. El agro no es un sector rezagado de su economía. Es parte de su identidad nacional. Y si bien el Perú ha demostrado que puede convertirse en una potencia agroexportadora, lo que nos queda por decidir es si queremos convertirnos también en una potencia agroalimentaria integral.

Una que exporte frutas premium al mundo, pero que también garantice la productividad del arroz, la papa, el maíz y la ganadería que alimentan a los peruanos. Una que celebre a sus emprendedores agrícolas con el mismo entusiasmo con que celebra a sus chefs.

Una que vea al campo no como un problema social que administrar, sino como una oportunidad estratégica para construir prosperidad.

El regreso

Mientras el avión despegaba rumbo a mi próximo destino en las costas del norte de África pensé que IFAMA 2027 en Perú será mucho más que una conferencia. Será una oportunidad para mostrarle al mundo lo que hemos construido.

Pero, sobre todo, será una oportunidad para recordárnoslo a nosotros mismos.

Porque el gran desafío del agro peruano no es producir más. Como me dijo el profe Bernardo Piazzardi de la Universidad de Austral, con una Guiness en la mano: “el Perú no es plenamente consciente de lo bueno que es y lo extraordinario que puede ser”. Aunque, como buen Agronauta, él también sospecha que esa clase de descubrimientos siempre tardan un poco más de lo necesario.

Así pues, mis queridos Agronautas, los tendré al pendiente de mi siguiente aventura. Después de caminar por la garúa eterna de Irlanda y estar entre tanto gurú del mundo agroalimentario, quedo convencido de que mucho de nuestro futuro sectorial dependerá de algo mucho más escaso: De nuestra capacidad para creer en nosotros mismos. Y, siendo sincero, después de tantos años en este oficio, sigo pensando que esa puede ser la cosecha más difícil de todas. Ojalá que este nuevo gobierno nos devuelva la ilusión.

Con la fe intacta en el agro peruano (y una ligera envidia por las cervezas irlandesas),

Un abrazo, Agronautas.

PD: Si esta columna te aportó valor, sigamos la conversación. Me encuentras en LinkedIn, en Instagram @drtonysalas y en YouTube con el podcast El Agronauta.