En el Perú seguimos discutiendo si el agro debe ser más social o más empresarial, más inclusivo o más competitivo, mientras el resto del mundo —en silencio, sin pedir permiso— ya cambió las reglas del juego.
Pero no cambió el campo. Cambiaron los que ponen la plata.
Hoy el agro compite por capital. Y el capital no tiene vocación agrícola.
Antes, invertir en agricultura era comprar tierra barata, transformarla con cultivos perennes de alto valor, esperar una valorización superior y venderla. Pero no. La tierra no es el negocio porque, por sí sola, no genera retorno. Es un activo inerte. Un lienzo. Lo que realmente genera valor es lo que haces encima… y, sobre todo, cómo lo haces.
He visto fundos extraordinarios —suelos perfectos, agua asegurada, clima privilegiado— convertidos en operaciones mediocres por una mala gestión. Y también lo contrario: tierras marginales, con limitaciones evidentes, transformadas en negocios altamente rentables gracias a tecnología, manejo agronómico y estrategia comercial.
La diferencia nunca fue la tierra. La diferencia siempre fue la gestión.
Hace un par de semanas tuve la oportunidad de comprobar nuevamente esta realidad durante el Agriculture Investment Marketplace (AIM), realizado en Madrid. Después de participar en mesas donde se analizan inversiones agrícolas para distintos rincones del mundo, uno entiende rápidamente que los fondos institucionales, los family offices y las corporaciones globales observan el agro con una lógica que, en nuestra región, todavía incomoda.
Hoy el capital entra —si entra— a sistemas productivos integrados, con gestión profesional, indicadores claros, control de riesgos y, sobre todo, con rentabilidades comparables con otros cultivos, otras geografías e incluso otros sectores económicos. Porque el agro ya no compite únicamente con otros proyectos agrícolas. Compite por el mismo capital que podría terminar financiando una empresa tecnológica, un proyecto energético o una infraestructura logística.
Un fondo no invierte en hectáreas. Invierte en la capacidad de convertir esas hectáreas en flujo de caja predecible. Y ahí es donde empezamos a tropezar.
Muchas veces seguimos presentando proyectos como si el inversionista fuera un turista: le mostramos el valle, le hablamos del microclima, de la historia de la finca, de lo noble del cultivo… y esperamos que con eso firme el cheque.
Pero el inversionista moderno no compra solamente el storytelling. Quiere saber quién gestiona la operación, cómo se mide el rendimiento, cómo se controla la variabilidad biológica, cómo se comercializa la producción, cómo se asegura la disponibilidad hídrica y cómo se gestionan los riesgos climáticos, comerciales y de ejecución.
Si no encuentra respuestas convincentes, simplemente pasa al siguiente proyecto. No necesariamente porque el cultivo sea malo. No necesariamente por el riesgo país. Muchas veces la explicación es bastante más simple.
Y ese es el punto incómodo que pocos quieren decir: en el Perú —y en buena parte de Latinoamérica— el problema no es que falte plata para el agro. El problema es que gran parte del agro todavía no está estructurado para recibirla.
Por favor, no me malinterpreten, Agronautas. En el Perú tenemos ejemplos extraordinarios de lo que sí funciona: agroexportación altamente tecnificada, operaciones eficientes, integración comercial y empresas capaces de competir con cualquiera en el mundo.
Pero también tenemos una enorme cantidad de proyectos que se quedan en tierra de nadie: demasiado grandes para seguir siendo informales y demasiado desordenados para resultar verdaderamente invertibles.
Lo digo con conocimiento de causa. En la consultora hoy tenemos encargos para identificar oportunidades de inversión en México, Marruecos, España, Portugal, Egipto y, por supuesto, también en el Perú, en cultivos que compiten directamente con nuestros principales productos de exportación.
El capital existe. Y existe mucho más del que imaginamos. Lo que ocurre es que el capital no espera a que uno se ordene. Se mueve hacia donde ya existen plataformas de producción capaces de ejecutar.
Entonces la pregunta ya no es si el agro peruano tiene potencial. Eso hace años dejó de estar en discusión. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a hacer el trabajo incómodo de convertir nuestros proyectos en negocios de verdad. Con gestión, disciplina, métricas, estrategia comercial y buen gobierno. Con menos floro… y mucha más ejecución.
No confundamos valor patrimonial con valor económico. La tierra puede subir de precio. Puede ser un excelente resguardo de valor en determinados contextos. Pero eso no la convierte automáticamente en una buena inversión productiva. Son dos conceptos distintos. Y mezclarlos es uno de los errores más frecuentes que seguimos cometiendo.
En muchos países —no solo en el Perú— existe un sesgo peligroso hacia el activo. Nos enamoramos de la tierra. La sobrevaloramos. La mitificamos. Y, en ese proceso, terminamos subestimando lo que realmente genera valor: la capacidad de operar eficientemente.
Y, para quienes todavía crean que no hay capital para el agro, les dejo un dato. En el Perú ya invirtieron fondos de pensiones, fondos soberanos de riqueza y gestores especializados como Atgro, Frutura y Solum Partners. Pero créanme: detrás de ellos hay muchos más esperando oportunidades. No compran hectáreas. Compran equipos capaces de ejecutar, operaciones bien gestionadas… compran capacidad de transformar incertidumbre biológica en resultados razonablemente predecibles.
Porque, después de ver inversiones buenas y malas en más de treinta países —y créanme, para llegar a esa conclusión no era necesario que paguen cuatro lucas para ir a Madrid— sigo convencido de que la tierra puede ser el punto de partida, pero nunca la respuesta.
Y en el agro, como en la vida, queridos Agronautas, quien cree que el activo lo es todo… termina convirtiéndose en esclavo de su propio activo.
Con la fe intacta en el agro (pero con los fundamentos del negocio bien claros), un abrazo, Agronautas.
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