COLUMNA DE:
Juan Faustino Escobar

Juan Faustino Escobar

Economista, Gerente General de la consultora Planeamiento & Gestión S.A.C., con estudios de maestría concluidos en Gestión Pública. Formula proyectos, planes de negocios, estrategias y es capacitador en temas de gestión empresarial: planificación estratégica y mercadeo de servicios. Ha realizado servicios para agencias de cooperación internacional, grandes empresas e instituciones públicas por más de 20 años. En ese marco, tiene capacidad para sostener diagnósticos y propuestas al más alto nivel basado en novedosos enfoques, estrategias y herramientas.
29 octubre 2026 | 09:47 am

Inteligencia artificial: ¿Soberanía o vasallaje digital para el Perú?

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Inteligencia artificial: ¿Soberanía o vasallaje digital para el Perú?

Cuando usamos el teléfono o una computadora para pedirle a una inteligencia artificial que revise un documento o resuelva una duda, todo parece suceder dentro de la pantalla. En realidad, esa respuesta viaja a velocidad de la luz a través de una de las cadenas de valor más complejas y concentradas de la historia humana. Hoy, esta arquitectura global se expande hacia el cielo: países del primer mundo y empresas multinacionales compiten por desplegar constelaciones masivas de satélites en órbita —con solicitudes de licencias que rozan el millón de dispositivos— para entrelazar la georreferenciación global con la computación en tiempo real. En esa red colosal, dominada por actores que concentran el conocimiento y el negocio, la pregunta de fondo es inevitable: ¿dónde está ubicado el Perú?

Estamos inmersos en la Cuarta Revolución Industrial. Más que un simple salto tecnológico, diversos analistas coinciden en que esta etapa marca un verdadero cambio de época: una transformación sistémica que redefine la producción, el intercambio y la naturaleza misma de todos los bienes y servicios en la economía global. Para entender el peso de este momento histórico, basta mirar el camino recorrido: la primera revolución industrial incorporó las máquinas a vapor; la segunda extendió la electricidad y la producción en serie; y la tercera introdujo la electrónica, las computadoras y la automatización, abriendo el camino a internet. La etapa actual conecta datos, algoritmos, sensores y decisiones de manera estrecha, situando a la inteligencia artificial en el centro de un engranaje que transforma radicalmente cómo se educa, cómo se produce, cómo se gobierna y cómo se vive.

Sin embargo, en la trastienda de esta revolución opera una división internacional del trabajo feroz: Estados Unidos lidera el diseño de algoritmos y chips; Taiwán fabrica los semiconductores más avanzados; Corea del Sur domina las memorias; Países Bajos construye la maquinaria litográfica indispensable, y China combina una escala industrial masiva con sus propias plataformas digitales. Pero la cadena no termina en el silicio manufacturado. A continuación intervienen gigantescos centros de datos, servidores de procesamiento en la nube y redes de infraestructura física que exigen un suministro continuo de energía eléctrica de alta confiabilidad y enormes volúmenes de recursos para refrigeración. El Perú se ubica en el extremo final de toda esta arquitectura: el de consumidor de tecnología importada. Pretender levantar una fábrica de microchips de última generación en nuestro territorio es ignorar la escala multimillonaria y las décadas de investigación que ello exige; sin embargo, nuestro verdadero desafío pasa por entender qué parte de esa infraestructura, conectividad y gestión de servicios sí podemos instalar y gobernar localmente.

Reconocer esta distancia es un acto de realismo estratégico. El verdadero peligro no radica únicamente en no fabricar hardware, sino en cómo la tecnología está profundizando una nueva brecha estructural. Esta asimetría no solo afecta al mercado laboral actual; se está sembrando activamente en el ámbito escolar y universitario. Mientras un sector reducido accede a formación avanzada en herramientas digitales, miles de instituciones educativas carecen de conectividad, equipamiento básico o capacitación docente. La desigualdad social y económica del futuro se está construyendo en las aulas de hoy.

Los índices regionales de preparación digital e inteligencia artificial ubican al Perú en una posición intermedia en América Latina: con avances en gobernanza normativa, pero con severos rezagos en infraestructura, capacidades locales y acceso efectivo fuera de la capital principalmente. Si la expansión tecnológica se deja al libre juego del mercado, la inequidad entre el entorno urbano conectado y el ámbito rural marginado se agravará de forma irreversible. Esto no parece entenderse.

Esta transformación plantea además una amenaza directa sobre el empleo. La automatización acelerada de tareas administrativas, contables y de atención al cliente, entre otras genera vulnerabilidad en miles de trabajadores formales e informales. La IA no debe convertirse en un factor de precarización, sino en un catalizador de la productividad humana. Para evitarlo, el Estado, las universidades y los gremios deben desplegar programas masivos de alfabetización digital adaptada, orientados tanto a la formación escolar y superior como a la reconversión de la fuerza laboral activa.

Aprender de las experiencias internacionales demuestra que hay rutas viables para países sin industria de semiconductores: la prioridad debe ser resolver problemas públicos y potenciar nuestras capacidades productivas. En agricultura y gestión territorial, urge impulsar herramientas de procesamiento de imágenes satelitales y georreferenciación para la detección temprana de plagas, el ordenamiento hídrico tan trascendente como urgente y la asistencia técnica en lenguas locales. En salud pública, la optimización del triaje en postas médicas, la telemedicina asistida en zonas de difícil acceso y el análisis predictivo de imágenes resulta indispensable para el diagnóstico precoz. En nuestra competitividad turística y gastronómica, la IA y el mapeo geoespacial abren un horizonte fascinante para recrear, virtualizar y proyectar nuestra oferta al mundo, garantizando además la trazabilidad y calidad de nuestra gastronomía. En seguridad ciudadana, la analítica de datos y el reconocimiento facial ofrecen soporte al patrullaje, aunque su uso en la vía pública exige regulación estricta para evitar sesgos, falsos positivos o violaciones a derechos fundamentales. Cuanto de estas iniciativas u otras se están considerando en el presupuesto nacional 2027?

Esta última advertencia nos lleva a un principio irrenunciable: la defensa de la soberanía nacional y la protección ciudadana. El Estado debe conservar el control soberano sobre los datos de sus ciudadanos e instituciones, evitando dependencias cautivas con proveedores extranjeros. Asimismo, resulta urgente proteger a la infancia de herramientas descontroladas en el entorno educativo. Las respuestas automáticas no deben sustituir el pensamiento crítico ni fomentar un facilismo cognitivo; las escuelas y universidades deben formar estudiantes capaces de dudar, investigar, contrastar fuentes y asumir la responsabilidad de lo que aprenden.

La Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial no puede quedar en el papel. Debe traducirse en diagnósticos territoriales realistas, compras públicas orientadas al desarrollo nacional y proyectos piloto evaluados con absoluta transparencia. La próxima vez que una inteligencia artificial responda en su pantalla, recuerde que los microchips se hicieron al otro lado del mundo, pero la capacidad de usar esa respuesta con criterio, cerrar nuestras brechas educativas, proteger el empleo y asegurar un desarrollo soberano sigue siendo una tarea enteramente peruana.

¡Es urgente que el gobierno y el congreso cambien de chips, se está en modo de Siglo XVIII con sus discusiones¡

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